Los bombos vienen sonando por calle San Juan, se acercan de a poco al ritmo de la alegría. Con ellos vienen decenas de cuerpos en movimiento, murgueros, bailarines, nenes y nenas casi todos con sonrisas desparramadas por los rostros llenos de espuma. Son las nueve de la noche, es feriado de carnaval y como hace muchos años consecutivos el barrio San Lorenzo se tiñe de colores en la maravillosa fiesta popular organizada por el Centro Cultural y Social el Birri y el Movimiento de Organizaciones Murgueras del Oeste. 

El carnaval existe en esta tierra desde hace unos cinco mil años. Algunos lo sitúan en Egipto otros en Grecia y muchos en Roma. Se trata de una fiesta pagana que luego fue readaptada por el cristianismo. Sea para celebrar a Dionisio dios del vino y la fertilidad, a Saturno de la agricultura, a la transición de una estación a otra o bien a los últimos días previos a la penitencia de la cuaresma cristiana, el carnaval significó siempre las mismas cosas: fiesta, alegría y esperanza. 

De fiesta en la antigua Roma. 

Y eso es lo que acontece en las intersecciones de calle San Juan y General Lopez frente a la Ex Estación Mitre. Cientos de personas en movimiento, conversando y bailando envueltas en la enorme nube de humo que se desprende de los fuegos que calientan choripanes y hamburguesas. Las columnas que partieron de calle Amenábar y Juan Díaz De Solis van llegando a destino. Los cuerpos se animan y la cerveza se desparrama de tanto baile. Se acercan distintas murgas y comparsas: La Birrilata, Los Locos del Barrio de La Vuelta del paraguayo, Cambá Nambí y la murga estilo uruguayo La Recebada. 

El ruido llama a la gente y la esquina se va colmando. Las barriadas del suroeste empiezan a hacerse presentes: Chalet, Centenario, 12 de Octubre, San Lorenzo. Los pibes esquivan con precisión una madeja de cuerpos para tirar espuma, padres y madres aplauden sentados en silloncitos, algún joven apura la cerveza caliente del envase de plástico. ¿Te gusta el carnaval? le pregunto a un nene que anda a las vueltas, me responde que sí. ¿Y qué te gusta del carnaval? jugar con mis amigos, me dice, y sale corriendo como una flecha con la risa colgando de un rostro que también desprende sufrimiento.

Alegría en el barrio. Foto: Toda Santa Fe.

Es que el carnaval es eso. Nace y resiste a la paradoja de luchar con alegría, de festejar a pesar del desamparo, del abandono y de la desidia que padecen los barrios populares de nuestra ciudad. De resistir con una mueca de felicidad en la cara, como la del nene que corre a su amiguito. 

“El Birri organiza el carnaval porque es nuestra identidad. En los inicios fue lo que invitó al rejunte de artistas y de laburantes. Fue sembrando la semilla de la escuela carnavalera que tenemos acá todo el año, que es una apuesta pedagógica y política” me dice Juan Gianfelici militante del Birri y organizador del evento. Si será político el carnaval, si lo será en nuestro país, que entre 1770 y 1784, los bailes se limitaron a lugares cerrados y el toque de tambor (sello identitario de la población africana) era castigado con azotes y hasta un mes de cárcel porque a la clase virreinal le desagradaba el bullicio y el desenfreno de aquellos días, propio de “costumbres bárbaras”. Si lo será en Argentina, que 200 años después la más salvaje de las dictaduras prohibió el feriado que lo celebraba, fiel a su impronta antipopular y represiva. Es que como explicó el escritor ruso Mijaíl Bajtín el carnaval es el espacio en que todo se invierte, las clases sociales se parodian y se borran las fronteras. Por eso molesta tanto a las élites del poder y a sus grises defensores. El feriado que lo conmemora regresa en 2010 por decisión del entonces gobierno nacional, con una clara impronta popular para que la alegría de los pobres también sea pública y legítima. 

“Organizamos esto porque no encontramos otra forma de celebrar la rebeldía. De mantener vivos los sueños colectivos por una realidad mejor. Por la memoria de las luchas pasadas, por la memoria del barrio y por las calles, que siguen siendo nuestras” afirma Juan. Y así lo siente la gente que se acerca a la ronda frente al muñeco gigante, el Momo. Espíritu de la alegría, el alma del carnaval; diosa y dios, rey y reina, mujeres y hombres como lo describen desde el centro cultural. Es la música y el baile que en su cénit se vuelven fuego, sembrando de deseos el año venidero, hasta el próximo corso.

Son las diez y media de la noche, los tambores suenan cada vez más fuerte y los celulares desparraman la luz del flash para filmar el acto simbólico. Un grupo de personas, mientras bailan, le echan gasolina al enorme muñeco de papel, cartón y trapos que está (cada cual interpretará su significado) patas arriba y que será quemado en el cierre de la fiesta carnavalera. 

El momento culmine. Foto: El Birri.

El Momo arde, una señora aplaude contenta al ritmo de la murga, los pibes miran con los ojos abiertos, un tipo indudablemente parco deja mover de a poco sus caderas rígidas. Me alejo unos metros. Cuando termina el tumulto de gente y mientras el muñeco llega al apogeo de las llamas, miro hacia adelante. Hay un viejo carro de madera que se cae a pedazos, como si fuera la representación del caballo escuálido que está atado. Sobre él dos personas. Un hombre con la ropa desgajada y un nene en ojotas. Los dos con la boca abierta y los ojos ardientes del fuego que se refleja. Los dos con una sonrisa, mirando desde lo alto el cielo teñirse de colores y de humo, los cuerpos bailando y la alegría saliendo a borbotones. Los dos en la madera que ese mismo día cargó los desechos de la ciudad. Los restos. Las sobras. Los dos creyendo, mientras el muñeco se deshace en llamaradas, que a veces ocurren momentos así. Puntitos de tiempo fugaces y obstinados, hijos del calor humano, siempre dispuestos a pagar con creces el paso, el peso, de esto que algunos llamamos vida. 

Pablo Garello

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